Resulta apremiante una reforma ética desde su raíz más profunda

Por Jimmy Baquero R.

Si por un momento, y en un acto de audacia intelectual, se pretendiese presentar una definición al estatus quo del pensamiento actual, quizá no sería muy desacertado hablar de una auténtica época de oro del conocimiento. Gracias a Aristóteles y a todas las corrientes hijas de este gran filósofo, se ha elaborado pensamiento desde la realidad misma hasta obtener conclusiones valederas para la Filosofía y la propia Ciencia. Al mismo tiempo, las elaboraciones cartesianas que parten de la valoración fundamental del sujeto como ser cognoscente y portador de elementos necesarios para alcanzar un conocimiento válido–cogito, ergo sum– han servido de complemento y necesario contrapeso, equilibrando al pensamiento en un armonioso centro que gira en torno al pensador y la realidad.

Como guinda del pastel, el existencialismo ha significado un valiosísimo aporte para que las construcciones anteriores no se queden en la mera teoría y concreten sus elucubraciones en ciertas nociones que son la base del pensamiento actual y el fundamento de los documentos nacionales e internacionales sobre derecho humanos y que giran en torno a la dignidad del ser humano y a su libertad fundamental. Si cualquiera de los mencionados pensadores resucitara, muy orgulloso se sentiría de nuestros manuales de Teoría del Conocimiento… pero no precisamente de la aplicación práctica de tales reflexiones. Todo lo escrito queda en una elegante retórica si la ética decide alejarse del pensamiento.

Si bien es cierto que no faltan corrientes intelectuales que fragmentan esta dualidad de ‘individuo-realidad’, entendida como base que concreta una sólida versión del comportamiento ético, al mismo tiempo no deja de ser cierto que la denominada posverdad nunca ha sido tan cuestionada en ámbitos latinoamericanos, como en el último lustro: no hace falta apelar a ciertos argumentos in extremis, como podría ser el caso de Habermas frente a Jacques Derrida al decir que, si todo es opinable, poco importa bautizar al Holocausto de bueno o malo. En nuestro medio es innecesario recurrir a tales argumentaciones, toda vez que la corrupción ha sido un flagelo aberrante: manosear las arcas fiscales para intereses particulares resulta éticamente condenable erga omnes.

Resulta apremiante una reforma ética desde su raíz más profunda. El bagaje intelectual está listo, más aún en pleno auge de la posmodernidad, donde la transparencia se ha transformado en un valor que en otras épocas no resultaba tan trascendental como ahora. El cambio requerido se encuentra en la ética, que no será asumida en su debida importancia si no se centra el esfuerzo en una reforma de los individuos y sus corazones.

La Meritocracia es un concepto que se trabaja a diario

Por Diego Escobar Castro, Alumni Escuela de Gobierno

El servidor público debe autodefinirse, entenderse y proyectarse no sólo como un profesional que brinda un servicio de utilidad social, sino también como un ciudadano responsable, honesto y solidario. Si partimos de la premisa que la corrupción inicia con la persona que acepta un cargo público sin la preparación adecuada, podríamos inferir que uno de los antídotos para este gravísimo problema es la formación previa y la capacitación continua.

En este sentido, el Programa de Gobernanza y Liderazgo Político del IDE es un espacio de intercambio de ideas y experiencias en el que se mejoran las habilidades de personas que trabajan en los sectores público y privado.

La forma más adecuada de terminar con la satanización del Servicio Público es crear conciencia en los distintos espacios de la sociedad que la meritocracia es un concepto que se trabaja día a día. El mérito no debería entenderse por la finalización del proceso de selección para ocupar un determinado puesto, se mide por la vocación, convicción, temple y determinación que tiene un funcionario para defender los intereses de nuestro país, dentro y fuera de sus fronteras.

“El Estado es un actor fundamental para equilibrar las fuerzas internas de un país, es un dínamo que debe estar sintonizado con todos los actores de la sociedad”

Omar Alvarado PGLP 2011

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